Bouchard regresa a su vida de tenista

La tradicional fiesta en Kensington High Street ni siquiera quedó deslucida por la lluvia inclemente. Como todos los años, Eugenie Bouchard aprovechó la ocasión para lucir un vertiginoso modelo rojo, en justa competencia con las apuestas de Serena Williams, Ana Ivanovic o la local Heather Watson, que no dudó en lucir un paraguas en pleno ‘photocall’. Era el momento para que Bouchard se sintiera de nuevo cómoda consigo misma y con su cuerpo, con su tenis y con su nueva vida.

«Nunca dije que tuviera un problema con la alimentación. No tengo ninguno y nunca lo tuve», se excusó en los micrófonos de la ESPN. Desde luego, nadie lo diría ahora, a la vista de las rotundas formas de la canadiense, finalista de Wimbledon en 2014 y ex número cinco del ranking a finales de aquel año.

«Dijeron que me podían los nervios antes de los partidos y hablaron de desórdenes alimenticios, pero esto me sucede desde los ocho años», volvió a excusarse Bouchard, de 22 años, víctima de rumores sin número. Nadie mencionaba las palabras prohibidas: «anorexia», «bulimia». Como mucho se susurraba aquello de «trastorno». «Todo se hizo más frecuente en 2015, pero he estado menos preocupada de lo que la gente cree». Ahora me preocupo sólo de mí misma y puedo comer mucho».

‘Vivía en una burbuja’

Al contrario que Garbiñe Muguruza, capaz de adaptarse a las exigencias del estrellato y mantener el furioso ritmo competitivo, aquella final de Wimbledon hizo trizas el pequeño mundo de Bouchard. Perdió 20 de los 29 partidos siguientes, cambió de entrenador y de agencia de representación, se enfrascó en un proceso jurídico con la Federación estadounidense de tenis y remató 2015 con un rocambolesco incidente en el vestuario del US Open. Un resbalón en el vestuario, cuyas causas nunca quedaron claras, pudo causarle una lesión craneal severa.

«Vivía en una burbuja. No me daba cuenta de lo que estaba haciendo», relató el pasado mayo, sólo unos días antes de Roland Garros. «Cuando aterricé en Montreal tras la final de Wimbledon había guardaespaldas, centenares de personas y 20 cámaras detrás de mí. Soportaba demasiada presión y tenía demasiadas expectativas», relataba Bouchard hace un mes, poco antes del inicio de Roland Garros.

Entonces, como viene siendo habitual en los últimos meses, cayó antes de tiempo. Incluso en la hierba, donde su tenis agresivo se adapta tan bien, cedió hace dos semanas ante la belga Elise Mertens en Den Bosch. Unos días después sólo pudo ganar un partido en el Mallorca Open. Desde luego, la preparación para Wimbledon, su torneo fetiche, también quedó coja en Eastbourne, donde su mejoría encontró la firme oposición de Agnieszka Radwanska. «Los resultados no me satisfacen, obviamente», concede sin rubor.

‘Un paso atrás para ver todo con más perspectiva’

Ahora es la número 48 del circuito, pero algo más importante hizo click en su cabeza. «He cambiado de actitud. La vida es corta y la carrera de un tenista aún más, por lo que quiero disfrutarla. Di un paso atrás para ver todo con más perspectiva. Es tenis, un deporte precioso, me encanta y quiero disfrutarlo», admite en la previa del debut ante la eslovaca Magdalena Rybarikova. «El año pasado aprendí a cuidar de mí misma y hacer lo mejor para mí sin preocuparme de lo que la gente diga o piense».

La montaña rusa de la fama hizo mella en Bouchard, aunque aún le sobra tiempo y talento para recuperar el terreno perdido. «El camino hacia el éxito no es en línea recta», subrayaba ayer, poco después de lucir su sonrisa en Kensington. «Sé de primera mano que tiene curvas y baches y he aprendido más de lo malo que de lo bueno. Mi objetivo sigue siendo entrar entre las cinco mejores del mundo».