La primera división de España comienza este fin de semana. El equipo del Real Madrid, donde milita el costarricense Keylor Navas, intentará revalidar el título. Los últimos resultados de los merengues lo ponen como candidato número 1 ante un Barcelona que llega golpeado tras perder la Supercopa y la sorpresiva salida de Neymar.

Las sensaciones son más importantes que las Supercopas, títulos que a los grandes únicamente les sirven si les acercan a los plenos o si las consiguen frente a rivales directos y significativos. Es el caso del Real Madrid, que ha superado a Mourinho, alguien que deja tantos enemigos como nostálgicos, y a un Barcelona depresivo no sólo por la huida de Neymar, sino por la sensación de no saber responder a sus crisis de juego con argumentos, sino con muñecos.

De nuevo, sensaciones, antes de que este fin de semana, con el arranque de la Liga, empiecen a contar los puntos. Las mejores, por ahora, son las del Madrid de Zidane, que obra como un equipo y un club estables, al margen de las rabietas de su prima donna: tener una parte de razón no es tenerla toda. A la brecha que se anuncia ha contribuido el jeque del PSG, aunque en Chamartín deberían disimular la sonrisa, porque la OPA de Estado por Neymar es una amenaza para todos y para la Liga en su conjunto.

Si Florentino Pérez está en la mesa de juego y Mbappé en la baraja, nunca es descartable una última mano, son lo suyo. Pero con independencia de las operaciones aisladas, la política deportiva del Madrid actual no tiene nada que ver con la era galáctica que abrió el presidente. Los Zidanes y Pavones han llegado tarde, con el primero en el banquillo, pero han llegado, porque si algo ha enseñado este negocio a Florentino es que el fútbol es resistencia. El problema llega cuando se confunde con manía persecutoria.

La dirección del Madrid, hoy, es otra, como demuestra la contratación de jóvenes. A la de Asensio, le han seguido este verano las de Theo y Ceballos, al tiempo que el club recupera a los cedidos Marcos Llorente y Vallejo. El brasileño Vinicius no se incorporará esta temporada, pero se inscribe en la misma estrategia, supervisada por el técnico Juni Calafat. En paralelo a las renovaciones de sus estrellas, se trata de fichajes propios de un club que, sin perder su compulsión ganadora, demostrada con las dos últimas Champions, ha encontrado esa regularidad que parecía contraindicada con su sistema nervioso. La última Liga era, pues, más que un título. Era un síntoma de la transformación. Ahora es momento de saber si el Madrid es capaz de ganar la de la consolidación y abrir un ciclo de dominio también a nivel doméstico.

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Todo lo contrario le sucede al Barcelona, con el que se ha intercambiado los papeles. Gozar del mejor tridente del mundo (Messi, Suárez, Neymar), por encima de la BBC, se mire como se mire, le sirvió para aumentar su pegada y lograr otra Champions, pero produjo, al mismo tiempo, un efecto perverso, porque bajó su ritmo cardíaco, emitido por el centro del campo.

En ese lugar, hoy, nadie tiene el abanico del Madrid. La realidad es que, en la era de los delanteros, de los tridentes y del dinero, el Barcelona dominó el mundo cuando dispuso del mejor centro del campo, España ganó el Mundial cuando lo asumió y complementó, y el Madrid ha vuelto a sumar un doblete, el primero desde 1958, cuando lo enriqueció. El emergente Isco es el exponente de ese cambio mientras el menguante Iniesta lo es de la decadencia azulgrana. En la ida de la Supercopa se cruzaron con energía dispar, como quien llega al lugar del que el otro regresa. La Liga debe confirmar o no esa tendencia.

La marcha de Neymar no es lo más grave, puesto que sin el brasileño ganó la pasada temporada en el Bernabéu el mismo equipo que fue masacrado en la Supercopa, meses después. Lo grave es la falta de ideario, de convicción y de seguridad por parte del club. En ocasiones, es un equipo el que sostiene a un aparato débil en lo institucional; en otras, al revés. Actualmente, ninguna de esas compensaciones sirve al Barcelona, con una estrella taciturna, un entrenador recién llegado, al que nada se puede reprochar, y un presidente que es la imagen de la debilidad.

En su oponente, la estrella dice sentirse acosada, entre sanciones e impuestos, pero no deja de pegar en el campo, mientras va camino de un nuevo Balón de Oro. El entrenador es un pilar, después de su séptimo título en menos de dos años, y el presidente mantiene lo que siempre tuvo: poder. El resto, la profundidad de la plantilla, pese a la marcha de Morata, y el estado de la afición también benefician al Madrid. El entorno azulgrana, en cambio, hierve, aunque no conviene olvidar la reflexión de Ernesto Valverde tras la Supercopa: «En tres días estás en la cuerda floja». Sirve para todos.

Simeone no parece sentir tal amenaza, en absoluto, aunque bien sabe lo que dice Valverde. Después de retener a Griezmann, quién sabe por cuánto tiempo, y a la espera del bad boy Diego Costa, la preocupación del Atlético es la adaptación al nuevo campo, cuyo estreno se aplaza hasta después de cuatro jornadas. Las prisas no son buenas.

Instalado en una zona de relativo confort, no puede perder de vista las novedades en la clase media, como es la llegada de Berizzo al Sevilla, que ha perdido los grandes nombres, Monchi el primero, pero no la estabilidad, o la de Marcelino al Valencia. El argentino es un entrenador de garantías y el asturiano alguien al que las cosas le salen bien o mal, como le ocurrió, precisamente, en Sevilla. Si encaja, sin embargo, sus equipos aprietan. El Atlético empezará en Girona, un equipo inédito, como lo fue el pasado año el Leganés, en una Liga que antes de arrancar, empieza en blanco. Lo importante, sin embargo, es cómo acaba.