Una soberbia actuación de Leo Messi, marcando cuatro de los goles del Barcelona, mantienen al equipo azulgrana como líder solitario. Paulinho se sumó a la fiesta con un gol y una asistencia.

Sin demasiado gas, el Barça sigue contando — tanto en Liga como en Champions League — todos sus partidos por victorias. Atrás ha quedado el pesimismo provocado por la marcha de Neymar y la derrota contra el Real Madrid en la Supercopa de España. El Barça no es del todo alegre, pero sí tremendamente efectivo. Y lo es gracias a un Leo Messi que este año, de momento, no piensa en el Mundial de Rusia (Argentina aún no está clasificada) y sí en los títulos que puede dar en Can Barça. Con todos estos ingredientes es líder en solitario y no hay nadie quien le tosa.

Y es que pese a los indiscutibles números, el Barça vive de suspiros. El partido acabó en los primeros cuarenta y cinco minutos, sí, pero a los blaugranas se les atragantó desde el inicio por el planteamiento del Eibar, que desplegó un buen posicionamiento y dio un buen trato al balón para competirle la posesión a su rival. Les faltó la precisión en los metros finales para poder dar un susto. Su plan se desmontó en una incursión de Nelson Semedo que acabó con el portugués en el suelo tras un leve contacto con Alejandro Gálvez, un regalo que Leo Messi no desaprovechó desde los once metros para romper la igualdad. Era el primero y no iba a ser el último.

Porque Messi no es el único que está de dulce en Can Barça. Paulinho ha llegado y ha besado el santo; ha convertido las irremediables dudas en una agradable sorpresa, las críticas en elogios por su sacrificio y su despliegue, y su precio, cuarenta millones, en una mera anécdota. En su primera aparición como titular en La Liga, el brasileño se sumó a la fiesta de Leo con un cabezazo contra el que nada pudo hacer Dmitrovic, en un ejercicio en el que pudo exhibir sus poderosas conficiones físicas.

El jardín de Messi

No tiene a Neymar, a la gresca en París, ni tampoco a Luis Suárez, que no tiene afinada aún la puntería. Pero no hay argumento que frene a Messi. Sin la ‘N’ ni la ‘S’, la ‘M’ se antoja más que suficiente. Un Barça contenido se desató al frotar la lámpara. El genio apareció. Y de todas las maneras posibles. Su segunda parte fue un recital. La arrancó frenándose en seco, dejando a Gálvez en el suelo preguntándose si es verdad que se dedica al mismo deporte, y cediendo para que Denis Suárez marcara el tercero.

En medio de la fiesta que había organizado en el jardín de Can Barça hubo tiempo para que el Eibar tocara a la puerta y preguntara si se puede. La defensa dijo que sí. Sergi Enrich se coló entre Piqué y Mascherano para rematar a gol un centro medido de Juncá desde la derecha. Los de Mendilibar recortaban diferencias pero fue un mero espejismo: Messi precisó de dos minutos para aguar cualquier intento de remontada.

Suyo fue el cuarto y también el quinto. ‘La Pulga’ evidencia que por si solo todo lo puede, que tan solo necesita un compañero que se la devuelva al pie. Encontró en Paulinho a un socio, todo un amigo. Tiró una pared, metió quinta y ni se acordó de los agarrones de la defensa armera para batir nuevamente a Dmitrovic. Cuando el Barça bajó una marcha a su intensidad, cuando el partido estaba visto para sentencia, Messi encontró la gasolina de Aleix Vidal, con el que hizo un ‘tuya, mía’ para firmar el cuarto en su cuenta personal, o lo que es lo mismo, el noveno en cinco jornadas.