México pierde ante Portugal y es cuarto de la Copa Confederaciones

El Tri sigue sin ganar un partido después de fase de grupos y permitió que le quitaran el tercer lugar de la Copa Confederaciones. Pepe empató en el 90'

Caos, demencia, surrealismo. El partido por el tercer lugar de la Copa Confederaciones no fue indiferente. Para ser el encuentro que nadie quiere jugar, fue una guerra sin cuartel en la que el derrotado, el Tri de Osorio, pondrá una queja ante la Corte de Derechos Humanos por el agravio en su contra. Entre la furia y el desquiciamiento, remontó Portugal gracias a la inspiración ‘sergioramesca’ de Pepe y claudicó México, cada día menos seguro de las certezas que decía tener. El cuento de nunca acabar. Ya ‘merito’. Ya casi.

El partido tenía más pinta de exhibición en el Bolshoi en sus inmediaciones; el sopor del domingo, el aire calmo del jolgorio familiar, la gris tarde, muy moscotiva; la música sin resonar y la cerveza sin alcohol. Ocurrió que el Estadio Spartak fue, a ratos, por segundos intermitentes, un Estadio Azteca a escala, en cirílico y en caucásico. El apoyo corrió por cuenta de los aficionados rusos, que se regodearon en el terso juego de posesión patrocinado por Márquez, Guardado y Herrera en los primeros compases. Sin Cristiano, y sin filo, Portugal intentó cercenar con una espátula; la brújula de Nani había perdido el norte. Entonces, Moutinho lanzó a André Silva y Márquez, con el impulso, se dejó llegar a las piernas del ariete. A Al Mirdasi le traicionó, una vez más, la ceguera, pero por fortuna está ya el VAR para corregir las aberraciones oculares. La secuencia terminó con un deje de justicia poética, no por la legalidad del penalti, sino por la atajada de Ochoa: vuelo elegante, fiero, como un felino a la caza, para negar el tiro de André Silva. La coronación de Ochoa, el guardián de las ilusiones de Osorio. “¡Mexika, Mexika!”, rugió el Spartak.

Con Vela como Tchaikovsky al piano, México encontró armonía, melodía y ritmo. Una sinfonía suya fue coronada por un acorde de Javier Hernández, pero Rui Patricio cortó las cuerdas. La composición de Osorio dependía del metrónomo de Márquez, no siempre a tiempo. Un, dos, tres, cuatro, timbre, un, dos, tres. No siempre con la misma frecuencia. Danilo explotó los silencios y Martins, un Paganini portugués, resolvía la partitura con endiabladas progresiones por las orillas de la hoja. Pero Santos tampoco pudo culminar su obra, ni siquiera con la inestimable ayuda de Oribe Peralta, quien casi echa al fuego los apuntes de Ochoa.

Para Javier Hernández, el bronce también es un premio. Incombustible, el delantero recorría todos los recovecos del frente de ataque, siempre custodiado por Neto y Pepe. Entonces, Chicharito hizo un sprint por el carril de la extrema izquierda, Vela pateó al aire pero Fonte, que tendrá un pasaporte mexicano, enmendó la obra. Pero Portugal forjó la espada. No hay Cristiano, pero sí campeón de Europa. En Saint-Denis se coronaron con ‘El Comandante’ bajo trincheras. Y se sucedieron las ocasiones. Pizzi golpeó hacia la publicidad con el borde derecho, Nani remató con las pestañas y Martins obligó a que Ochoa se esculpiera otra estatua; su figura, arqueada, poesía en el viento, envió hacia las alturas un cabezazo del lusitano. En tanto, Vela proseguía con la ‘tocata y fuga’, aunque su bolea de izquierda, anunciada como el gol de los tiempos, fue un tiro de salva.

Osorio cambió la clave de la partitura: con Lozano y Jiménez en lugar de Oribe y Hernández, el tempo se aceleró hasta parecer una canción de jazz progresivo. Todo marchaba conforme al plan de Osorio hasta que Pepe, con el espíritu de Sergio Ramos, dio desplante de bailarín y empujó la pelota a las redes con la suela. El castillo de naipes volvió a derrumbarse para Juan Carlos Osorio.

La prórroga fue una colección de despropósitos; escrita por Stravinski. Todo empezó cuando Layún evitó con el brazo izquierdo un sombrero de Martins en el área. Al Mirdasi sentenció y Adrien Silva sometió a Ochoa. Después, todo fue caos. No melodía, no ritmo; solo batacazos demenciales y guitarras con arco de violín. El Tri, hecho un reguero de sangre, tiró a matar como Travis Bickle. En la vorágine, Semedo y Jiménez fueron enjuiciados por intento de asesinato y debieron irse reclusos.

Después, Rui Patricio se zambulló para detener una bolea imperial de Herrera y Pepe cargó sobre Moreno para evitar que el de la Roma contactara el gol del empate. La repetición, mostrada en las pantallas del estadio, desató el aquelarre. Osorio le susurró al juez asistente Al Shalwai, no una petición de matrimonio, precisamente. Y siguió el destino de Semedo y Jiménez. El VAR, al parecer, no tiene jurisdicción en los minutos finales de la prórroga. El partido terminó con las puertas del Tártaro abiertas de par en par, con los campeones de Europa con el bronce colgando de sus cuellos y con el Tri supurando alusiones satánicas. Que los tiempos venideros no le pintan muy celestiales.

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