La selección, que juega sus partidos exiliada en un estadio vacío en Malasia, puede lograr hoy el pase para Rusia si vence en Irán y Corea del Sur cae en Uzbekistán

El último guiño del fútbol sitúa frente a la gloria a un equipo nómada tras el que está un país destrozado y desangrado por una guerra que dura ya seis años, que según Naciones Unidas le ha costado la vida a más de 450.000 personas y el exilio a 5 millones. Siria está a un paso de clasificarse para el Mundial. Lo haría si vence este martes a las 17.00 en casa de la ya clasificada Irán y, al tiempo, Uzbekistán derrota como local (sin que haya goleada) a Corea de Sur en un partido en el que ambas se juegan sus opciones para estar en Rusia 2018. Si solo se cumple la primera premisa, Siria tendrá al menos la opción de disputar una repesca inicial presumiblemente contra Arabia o Australia para ganarse el derecho a la eliminatoria intercontinental contra el cuarto clasificado de la Concacaf, que incluso podría llegar a ser Estados Unidos.

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Siria nunca ha jugado un Mundial, ni tampoco ha pasado de la primera ronda en la Copa de Asia. Tiene un pasado de derrotas y no se le atisbaba futuro cuando la FIFA decidió no autorizarle a jugar sus partidos en sus habituales sedes de Damasco o Alepo. Entonces el fútbol se convirtió en una alegoría del destino del pueblo sirio, porque a su selección le costó encontrar refugio. Primero jugaron en Omán, luego les dijeron que podrían jugar como locales en Catar, en Líbano y en Macao, pero sufrieron sucesivos rechazos hasta que lograron instalarse en Malasia, por donde han peregrinado por dos estadios durante la actual fase de clasificación.

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Nadie ha podido ganarles en su eventual hogar malayo y por el camino el equipo se ha fortalecido con el regreso de alguno de sus futbolistas más destacados, que se habían negado a representar a la selección por entender que el fútbol era una marioneta de un régimen acusado de cometer crímenes de guerra contra sus propios ciudadanos. Es el caso de Firas al-Khatib, un delantero que juega en la liga kuwaití, reconocido como el mejor futbolista del país. En julio de 2012 juró que no volvería a jugar para Siria mientras hubiese una sola arma dispuesta para dispararse; en marzo de este año aceptó la llamada de la selección. Su regreso se interpretó en clave política por todas las partes por más que el jugador insista en que solo quiere ayudar a cumplir un sueño deportivo.

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Locales en un estadio desierto, con casi todos los futbolistas en el exilio, con muchos compañeros muertos, desaparecidos o exiliados, Siria escriben una inesperada epopeya en la que la FIFA ha jugado un papel singular. Algunos de los jugadores más destacados del país han denunciado lo que entienden como apoyo del máximo organismo futbolístico al régimen de Bassar al-Assad. La competición liguera no se ha detenido por más que se haya convertido en un paripé, con partidos tan solo en Damasco y entre reproches de manipulación propagandística por parte del régimen de al-Assad. La pelota rueda en un vano intento de que ofrezca pan y circo, que ahora sin embargo ofrecerá una tarde de ilusión a un pueblo devastado.

Fuente: El País

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