Dejar que los niños ganen siempre es una estrategia que les puede hacer mucho daño en el futuro

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En los últimos años, con los niños se ha pasado de la filosofía de ‘lo importante es participar’ a la de ‘lo importante es ganar’. Y como solo puede haber un ganador, muchos padres están simulando que sus hijos siempre vencen. Es decir, nunca les permiten sentirse como unos perdedores o como unos segundones. 

Pero esta filosofía educativa puede ser tremendamente peligrosa. Según un estudio publicado en la revista Journal of Experimental Child Psychology, los niños que sienten que siempre ganan y que nunca pierden pueden desarrollar un problema de sobre confianza en sí mismos que les puede impedir aprender bien. 

En el trabajo se estudió a un grupo de niños mientras jugaban a una prueba que consistía en encontrar un objeto perdido. En el juego, nunca perdían, ya que la prueba estaba amañada para que siempre tuvieran éxito. Mientras tanto, a otro grupo de niños se les permitía jugar y fracasar, ya que no existían trampas. Más tarde, los psicólogos les entrevistaban para ver los efectos mentales de dicha experiencia.

Y los resultados fueron de lo más reveladores. Los pequeños que tenían éxito continuo pensaban que estaban dotados de unas cualidades excepcionales y se veían a sí mismos como especiales y únicos por no fracasar nunca. Además, no creían que tendrían la necesidad de pedir ayuda a los adultos ni a otros niños para solucionar ningún problema.

“Todos conocemos situaciones en las que los adultos intentan aumentar la autoestima de sus hijos dándoles un trofeo o un premio simplemente por participar”, asegura la investigadora jefe Dr. Carrie Palmquist, del Amherst College (Estados Unidos), centro responsable del trabajo. “Pero si los niños solo experimentan el éxito pueden malintepretar la forma en la que hay que aprender o la forma en la que se resuelven los problemas”.

En el experimento se estudiaron las reacciones de 112 niños de entre 4 y 5 años a los que se les pidió que buscaran un juguete. Junto a ellos, había varios adultos a los que podían pedir ayuda o pistas para tener éxito, pero solo algunos de ellos daban consejos realmente útiles. A algunos niños se les preparó la situación para que siempre encontraran el objeto escondido ellos solos, mientras que el resto tenían que buscar por sí mismos o solicitar la ayuda del adulto. 

Los niños que siempre acertaban no eran capaces de distinguir entre el adulto que daba pistas útiles y los adultos que daban peores consejos. Sin embargo, aquellos que no tuvieron la escena preparada conseguían distinguir sin problemas quién era el adulto de fiar y quién no.

La conclusión es clara: los que siempre creen que tienen éxito no saben distinguir qué información es útil y cuál no. Un problema de enormes consecuencias, ya que creerán de manera errónea que siempre tienen la razón y que los demás no son de fiar a la hora de pedir ayuda.