Cavendish se lleva la pimer etapa del Tour de France

¿Quién no se pliega a la fascinación de escribir sobre el Desembarco cuando el Tour pasa por Saint Mere Eglise? Los periodistas también son humanos, -casi todos-, y cuando el helicóptero del Tour capta la imagen de la iglesia del pueblo, viene a la cabeza el recuerdo de John Steele, el paracaidista estadounidense colgado del campanario haciéndose el muerto, en la novela de Cornelius Ryan, «El día más largo».

Y ni siquiera hace falta poner en marcha la memoria, porque un paracaidista de piedra recuerda una escena que fue real, y el vitral de la iglesia reproduce la imagen de la Virgen y el descenso al pueblo de la 82ª División Aerotransportada del ejército estadounidense.

Los ciclistas van a lo suyo, como es lógico, y no se fijan en los detalles. En carrera, lo suyo es la brocha gorda y no el pincel detallista. Para observar la obra hay que alejarse. A primera vista es imposible ver lo que el pelotón ha querido hacer. Como con el paracaidista del Desembarco. su visión necesita perspectiva.

No se sabe, así de primeras, qué pretenden cuando de repente se forma un revuelo en la cabeza y se ve a Nairo Quintana que cabalga y corta el viento caminito de París, hasta que la imágenes captan al público y se observa que sopla el viento con fuerza y que el movimiento en apariencia sin sentido, es sólo la respuesta automática de los ciclistas para no quedarse descolgados si alguien intenta montar un abanico.

El pelotón, que es como una ameba que va tomando formas caprichosas que en realidad no lo son, porque siempre responden una ilógica lógica, tiende a dividirse cuando aparece una rotonda en la carretera. Unos por la izquierda, otros por la derecha y allá que van todos para juntarse allá donde la carretera se vuelve a estrechar y unir los destinos de los dos sentidos. Hay rotondas complicadas, que por ese afán de clasificarlo todo, podrían catalogarse como de cinco estrellas, y otras, como la del kilómetro 110, que, como mucho, tendría tres.

Pues allí fue donde Alberto Contador inauguró el capítulo de las desgracias. El kilómetro 110 fue el primer obstáculo en el camino de Alberto Contador. El corredor español, uno de los favoritos para ganar el Tour, derrapó en una rotonda y dio una vuelta de campana sobre su bicicleta, cuando marchaba en la parte delantera del pelotón. Además, a Contador le cayó encima Luke Rowe, el corredor del Sky y compañero de Froome.

Pese a la caída aparatosa y el maillot desagarrado en el hombro derecho, Contador continuó pedaleando hasta que poco después, tras montarse en un principio en la bicicleta de su compañero Valgren, se bajó para que el mecánico de su equipo, Faustino Muñoz, le entregra una de respuesto de su talla.

Contador, que se había alejado del pelotón, aprovechó el parón en el grupo para reintegrarse, aunque volvió a descolgarse para cambiar una zapatilla que había quedado dañada en la caída. Poco después se acercó al coche médico, donde le vendaron el hombro. Uno de los médicos que le atendió comentó a la TF2 que las heridas parecían superficiales, «magulladuras y erosiones en el hombro», pero Contador llegó a la meta de malas pulgas, y habló de «golpe considerable». Se metió enseguida a ponerse hielo en el hombro, con cara de preocupación. «No es el mejor comienzo».

Para Mark Cavendish sí que lo es. El niño malo de la Isla de Man resurge de sus cenizas. No estaba en las quinielas. Cayó como un paracaidista, por sorpresa, sobre Utah Beach, la playa del Desembarco, para ganar la etapa y vestirse de amarillo. Después de una caída espctacular a pocos metros de la meta.