México: Sobrevivientes del 68 narran el horror que siguió a la masacre del 2 de octubre

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Han transcurrido 50 años de la matanza estudiantil del 2 de octubre de 1968 en México, pero las huellas de aquel suceso aún resuenan como un eco permanente entre los sobrevivientes de la tragedia.

“El 68 es una herida abierta”, afirma Ana Ignacia Rodríguez, conocida como ‘La Nacha’, durante una entrevista con RT.

“No hay nada que festejar. Hay que conmemorar, pero no hay nada que celebrar, porque no hemos tenido justicia. Es vergonzoso que a 50 años y después de todo lo que se está haciendo sigamos con los juicios”, señala.

Crónica de un crimen de Estado

La Nacha era estudiante de derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México cuando se sumó al Comité de Huelga y las movilizaciones que derivaron en la masacre ocurrida en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, ordenada por el gobierno del expresidente Gustavo Díaz Ordaz y orquestada por el ejército.

“Estábamos con nuestra pancarta y nos toca el sobrevuelo del helicóptero. Yo no sabía en ese momento lo que significaban las luces de bengala. Veo que las lanza el helicóptero. En ese preciso momento, veo que una mano con un guante blanco le tapa la boca al líder que estaba hablando en el tercer piso del edificio y lo tira”, relata La Nacha.

“No me dio mucho tiempo de reaccionar. Ahí vi que salió una ráfaga y vimos que caían. No podía creerlo”, cuenta.

Ana Ignacia se encontraba junto a una compañera suya de la Facultad de Derecho, Roberta Avendaño Martínez, conocida como ‘La Tita’, cuando comenzó la masacre. Salieron corriendo del lugar y se pierden de vista en el trayecto.

En plena huida, pasa un automóvil grande que ofrece llevarla. Ella entra al automóvil y se da cuenta que las personas que están dentro son agentes del gobierno, porque llevaban un distintivo en el brazo. El chofer se detiene a comprar cervezas en medio de la masacre. La Nacha sale de pronto del automóvil y se echa a correr durante varias cuadras hasta que finalmente pierde a sus captores.

Con ayuda de algunas turistas estadounidenses, llega hasta casa de Luis, un amigo médico, quien estaba casado y con hijos. Ahí prende el televisor y entra en una crisis nerviosa tras ver las noticias.

“Estaba un noticiero muy famoso y dijo lo que estaba pasando, tal cual. Y de repente aparece un cintillo que dice: la versión oficial es que el ejército tuvo que intervenir porque había francotiradores dentro de los estudiantes”, recuerda La Nacha. “Para mí fue un choque muy fuerte. No puede ser posible que estuvieran mintiendo a ese grado”, agrega.

Luego vendría la cacería.

Persecución tras la matanza

Los agentes de la Dirección Federal de Seguridad intervinieron varios teléfonos y lograron capturar a La Nacha, tras una emboscada. Ocurrió luego de que su amigo Luis, la entregara a la policía luego de que este fuera amenazado con no volver a saber nada de su hija y su esposa, quien había sido detenida tras ser confundida con La Nacha.

“Llego a su casa con propaganda para seguir. Abre una persona que no conocía y me dice: pásale, la fiesta va a empezar. Vi a cinco agentes”, cuenta. “¿Tu eres Nacha, no? Ponte un abrigo porque vas con nosotros”, le dijeron. La estudiante entró al baño e intentó escapar, pero no pudo hacerlo. Fue trasladada a la prisión preventiva, donde experimentó el terror como nunca antes.

Uno de los policías intenta tranquilizarla y se percata de que los pantalones de La Nacha están manchados de sangre. No le tocaba aún su periodo, pero el susto hizo que se adelantara el sangrado. El policía le lleva ropa nueva y un poco de comida. Nacha tiene miedo de ser envenenada.

“¿Eres estudiante, verdad? No dejes que te saquen, grita y nosotras hacemos escándalo, porque si te sacan no te van a regresar”, le dijeron dos mujeres. Muchas de ellas eran violadas y desaparecidas por la policía. “Era puro miedo”, relata La Nacha. “Ante ese panorama, yo, joven, de 23 años, nunca había padecido una cosa parecida. Realmente sufrí muchísimo esa prisión”.

Los policías recibieron la orden de no tocarla. A los pocos días salió de los separos, pero antes de eso, la obligan a ver cómo torturaban a otros detenidos. Tras ser amenazada de muerte y quedar fichada, regresa a su casa, en el pueblo de Taxco, Guerrero.

“Me tocó estar en la época de la Olimpiada en Taxco, pero mi mamá no sabía que había estado yo presa. Cuando vi la Olimpiada por la televisión, yo lloraba. Mi mamá me decía: ‘ay hija, estás muy emocionada por la medalla de oro del Tibio Muñoz (un atleta mexicano)’ Yo le decía que sí, pero pensaba: si tú supieras que han matado a mis compañeros y me han tenido en lugares horribles…”, recuerda La Nacha.

Regresó a la Ciudad de México meses después, para continuar con sus estudios. Fue ahí donde los federales la capturaron de nueva cuenta, mientras estaba en su casa.

“Entran con llave a la puerta de la sala. Pasaron los agentes, con metralleta y toda la cosa. Parecía que era yo una guerrillera por cómo entraron”, asegura La Nacha, quien dice haber sido secuestrada junto a su compañero Arturo Pérez Sánchez, a quien le apodaban ‘el Che’. Ambos son llevados a una casa de seguridad donde son interrogados.