Después de dar la espalda al cambio climático, la administración Trump vigila a Rusia en el Ártico. Putin ha aumentado en esa zona su presencia militar. El deshielo abre nuevas rutas comerciales que reducen tiempo y costes, un suculento botín a cambio del planeta.

Ocho naciones poseen territorios en la región ártica: Estados Unidos, Rusia, Canadá, Dinamarca, Islandia, Finlandia, Noruega y Suecia; controlan hasta 370 km. desde sus costas, pero las reclamaciones para ampliar esta soberanía se suceden en los últimos años.

El deshielo del Ártico, una catástrofe ecológica, supone el comienzo de un inmenso negocio basado en el transporte marítimo, la minería o la extracción de combustibles fósiles; solo en esta región se encuentran el 22% de las reservas mundiales de petróleo y más del 30% de los recursos de gas natural.

En los últimos 30 años se han perdido tres cuartas partes del hielo en la zona, lo que ha propiciado la navegación cada vez más cerca del invierno boreal, sin necesidad de rompehielos. La navegabilidad del «Paso Noroeste» en la ruta Londres – Osaka permitiría reducir el trayecto casi a la mitad con respecto al trazado actual por el Canal de Panamá o el de Suez.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump ya ha manifestado su intención de revertir la política proteccionista de Obama con respecto a la zona. El presidente ruso, Vladimir Putin con una de las regiones más extensas ve el calentamiento en la zona como una oportunidad: «El cambio climático ha traído condiciones más favorables y mejora el potencial económico de la región».

Los recursos son inmensos, pero también los riesgos; un derrame de petróleo en la zona sería casi imposible de limpiar y sus consecuencias para la biodiversidad serían fatales. La logística extrema y los elevados costes para operar en la zona han mantenido el territorio prácticamente virgen hasta hoy, pero el cambio climático está facilitando el camino a la explotación comercial de sus recursos.