Cuando a Irenie Ekkeshis le empezó a picar el ojo, pensó que se le pasaría pronto. Pero no fue así. Al poco tiempo, el dolor se volvió insoportable y perdió la vista en ese ojo. El motivo más probable: haber manipulado sus lentes de contacto con los dedos mojados.

Un sábado de enero de hace cinco años, Ekkeshis se despertó con el ojo derecho lleno de lágrimas, así que fue a la farmacia y se compró unas gotas.

“Pensé que se trataba de una pequeña infección que se iría en un par de días. Pero esa noche no podía ni entrar en la cocina porque la luz fluorescente era demasiado brillante y me causaba dolor”, recuerda.

Ekkeshis acudió al hospital oftalmológico de Moorfield, donde los médicos le hicieron un raspado corneal, un procedimiento que consiste en retirar células de la superficie del ojo.

“Es tan horrible como suena: ves cómo la aguja se dirige hacia tu ojo. El dolor es muy intenso, incluso con anestesia local“, cuenta.

Unos días después, le dijeron que tenía queratitis por Acanthamoeba, una infección rara pero grave causada por un microorganismo presente de manera habitual en el agua del grifo, del mar y de las piscinas.

“Me sentía conmocionada y asustada. Para entonces ya había perdido la visión del ojo derecho. Era como mirar a través del espejo empañado del baño. Podía ver colores y formas pero no mucho más”, explica.

Una infección muy rara

La enfermedad afecta cada año a 125 personas en Reino Unido y la mayoría de estos casos están relacionados con el uso de lentes de contacto.

“No me había duchado ni nadado con ellos puestos. Pero resulta que la puedes adquirir solo con lavarte las manos y no secártelas bien antes de manipularlos”, asegura Ekkeshis.

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