Al amanecer, La Perla duerme todavía el silencio de su destrucción.

He llegado en la mañana primera, el día después del huracán.

Casas sin techos, casas sin puertas ni ventanas, casas mojadas, a oscuras y sin agua potable, abandonadas a la fuerza por la devastación.

La barriada brava de Puerto Rico es ahora una metáfora a pequeña escala del panorama de desgracias que dejó María a su paso por la isla.

El mar todavía rompe fuerte y arrastra rocas, caracoles, algas, troncos viejos contra el malecón.

Llueve, llueve fuerte y el viento se incrusta y brama entre los escombros.

Por un rato, solo se escucha eso: el mar que rompe y el viento que ladra.

Unos patos mojados y unos gansos de cuello largo son ahora el único signo de vida.

Hasta los corrales de los gallos y los palomares están vacíos.

El Bowl, una pista para hacer skate que los fines de semana se vuelve piscina, está inundado de agua de lluvia. Solo se asoma la cabeza amenazante del graffiti de un tiburón.

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El montón de casitas de colores caprichosos que trepan por una pendiente desde la costa hasta la muralla, el escenario del video de “Despacito”, el motivo de canciones de Calle 13 e Ismael Rivera, parece ahora un barrio fantasma, el escenario de una batalla, de un bombardeo.

Pero incluso así sería el barrio fantasma, el bombardeo, más poético y colorido del mundo .

Barrio paria

La Perla es el barrio paria del viejo San Juan, el caserío de “extramuros”, el de lo más olvidados, el más auténtico y tenaz.

La geografía marca su destino y su desconcierto: sus límites son una muralla y el mar; un castillo y un cementerio.

Esta fue siempre la zona de los que no cabían dentro de la ciudad.

Hace más de un siglo, fue el hogar de los antiguos esclavos, de los mestizos, de los sin hogar, de los que no merecían dormir dentro de la muralla.

Luego vinieron los trabajadores de un matadero cercano, la gente del campo que llegaba a buscarse la vida y comida en la capital, las pandillas, los que no tenían para pagar más por un mejor techo.

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Fue, desde entonces, un Puerto Rico paralelo y genuino, una isla dentro de la isla, donde tuvieron voz y sobrevida los que eran marginados en otros rincones de la sociedad.

Hasta hace unos años, fue uno de los barrios más peligrosos de todo el Caribe y el estigma, con cierta razón, todavía lo persigue.

Pero La Perla es ahora uno de los lugares más seguros de Puerto Rico, porque no lo controla la ley. Al menos, no la del gobierno.

Atardecer

Cuando vuelvo al atardecer, después de recorrer todo el día la ciudad, es cuando entiendo que el huracán golpeó muy fuerte aquí.

Es, quizás, el lugar más devastado de todo San Juan.

Pero ya queda poco de los destrozos, al menos en la calle.

A medida que los vecinos comenzaron a llegar de los refugios donde pasaron las aguas, trataron de remediar lo que estaba en sus manos: limpiaron las calles, levantaron postes, comenzaron a sacar escombros de sus viviendas.

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“¿Viste la casa que levantó de cuajo, como decimos aquí, y la tiró para otro lado llegando al castillo?”, me pregunta Yolanda, que va con un balde a buscar agua de lluvia a un estanque improvisado.

“Acabó con La Perla, pero con nosotros siempre acaba todo. Ahora estamos sin agua, voy a buscar esa de lluvia al menos para el baño”, explica.

Daniel, el dueño de Placita La Perla, un chiringuito de madera que marca la entrada a la barriada, dice que su negocio se salvó, pero que el ciclón le llevó el techo de su casa.

“Aquí parece que cayó una bomba”, afirma, mientras comienza a pelar unas “chinas” (naranjas, en Puerto Rico) y coloca un paquete de cervezas “Medalla” en un cooler con hielo para los clientes que comienzan a llegar.

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