Migrantes centroamericanos prefieren radicar en México que arriesgar la vida al cruzar a EUA

Desde muy joven, Joel Oro Lorenzana supo que dentro de su cuerpo de hombre había una mujer que se sentía fuera de lugar. Cuando su familia se enteró, lo echó de su casa. A partir de ese momento la única alternativa de ese niño de siete años fue huir de Guatemala para salvar su vida.

Ese fue el inicio de un largo camino que lo llevó a recorrer buena parte del continente hasta que sus pasos lo hicieron llegar a México, donde está tratando de construirse un lugar de donde ya no sea necesario escapar.

Joel, quien hoy se asume como una mujer transexual con el nombre de Jessica, es uno de los miles de migrantes centroamericanos indocumentados que han preferido asentarse en México en años recientes, ante el peligro que significa intentar el cruce hacia Estados Unidos.

Luego de ser expulsada de su propio hogar, Jessica se refugió en El Salvador, regresó por breve tiempo a Guatemala y después se animó a buscar el sueño americano, pero las siete veces que cruzó a Estados Unidos terminaron en deportaciones y en una fallida solicitud de asilo político.

Fue entonces cuando decidió que México era un paso intermedio más deseable que el peligro que la esperaba tratando de cruzar la frontera.

Mis intenciones ya no son ir a Estados Unidos, sino quedarme aquí, porque ya no puedo pasarme toda la vida para arriba y para abajo. Yo necesito estudiar, salir adelante, y si sigo así, no voy a llegar a ser nada, afirma Jessica en entrevista con La Jornada.

A sus 29 años, la migrante vive en el municipio mexiquense de Ixtapaluca, desde donde viaja todos los días hasta el centro de la capital para trabajar en una agencia de limpieza de oficinas. Pese a las dificultades, dice que prefiere quedarse en un país donde su vida no corre un peligro inminente.

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“Gracias a Dios no he tenido ningún problema. Me siento más segura y en unos años quisiera tener la prepa terminada y estudiar alguna carrera”, señala.

¿Para qué ir al norte? Aquí estamos bien.

A diferencia de Jessica, Emilian Albert Durán Ramírez, originario de El Salvador, salió de su país con la clara intención de quedarse en México, donde su hermano ya se había establecido desde hace más de una década.

Fue una crisis económica familiar la que terminó de animarlo a probar suerte fuera de su lugar de origen. Había días en que comía pura tortilla con sal. Fue la desesperación y los problemas de violencia los que me hicieron salir, narra el joven, de 20 años de edad.

Sin siquiera despedirse de su familia, Emilian inició un trayecto largo y difícil hasta que finalmente llegó a México. Luego de permanecer un tiempo en Chiapas, decidió establecerse con su hermano en Nezahualcóyotl, estado de México, y trabajar en la capital limpiando oficinas, al mismo tiempo que estudia informática.

Pero no todo ha sido trabajo para Emilian Albert. Me gusta mucho rapear y desde que estaba en El Salvador escuchaba a artistas de ese género musical de México. Llegar acá para mí fue impresionante, porque me sentí identificado y hay más libertad de expresión, a pesar de los problemas, señala.

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El solo hecho de no ser hostigado por la policía o reclutado de manera forzosa por las maras, animó al joven a quedarse. “Estuve a punto de ir a Estados Unidos, pero me daba mucho miedo por las historias de gente que había sufrido mucho.

“Me dije ‘¿para qué? Si aquí estamos bien, entre comillas’. No le miraba mucha ganancia de ir hasta allá (Estados Unidos), que me deportaran y luego volver a subir. Yo quiero estudiar, ser profesionista y seguir mis metas hasta donde se pueda”, asevera Emilian, quien hace medio año recibió en México a su hermano menor.

Un lugar menos malo

Los casos de Jessica y Emilian ilustran el cambio en los flujos migratorios de los centroamericanos, muchos de los cuales ya no sólo ven a México como un país de tránsito hacia Estados Unidos, sino como un destino para establecerse.

En los años 80 y 90, muchos centroamericanos se quedaron en México para solicitar asilo humanitario. En el inicio de los 2000 se dio una migración económica que tenía toda la intención de llegar a Estados Unidos, pero a partir de 2010 muchos empezaron a quedarse, subraya Abbdel Camargo, miembro del Instituto de Estudios y Divulgación sobre Migración.

Un estudio realizado en 2014 por dicha organización para el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados confirmó que muchos niños migrantes no acompañados declaraban que su intención ya no era necesariamente llegar a Estados Unidos, sino quedarse en México.

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Aunque no hay estadísticas sobre la cantidad de migrantes centroamericanos que han decidido quedarse en el país, sí existen indicadores de que buena parte de ellos prefieren establecerse en estados del sur donde tienen familiares, pero también en Ciudad de México y en entidades de la frontera norte, como Tamaulipas y Nuevo León.

Una de las preguntas que surgen ante el fenómeno de la permanencia de los centroamericanos en México es: ¿por qué alguien quisiera refugiarse en un país que también padece de graves problema de inequidad, pobreza y violencia?

Una posible respuesta la da Alejandro de la Peña, académico de la Facultad de Estudios Superiores Acatlán, de la Universidad Nacional Autónoma de México, quien subraya que aunque este es un país pobre e inseguro, a ojos de quienes han vivido una situación aun peor, puede resultar una alternativa aceptable para salvar la vida.

México puede ser un espacio de oportunidades para quienes se integran a un mercado laboral donde predomina la informalidad. A muchos migrantes esto le permite tener lo suficiente para vivir y desarrollarse en un entorno no tan pauperizado como Centroamérica, aun sin documentos ni preparación académica, enfatiza el experto en temas de integración de migrantes.

El que no haya un riesgo permanente para ellos, hace que México tenga condiciones más viables. Aunque aquí hay fuertes problemas de inseguridad, ellos detectan que es un lugar más tranquilo que sus países de origen, porque aquí al menos su vida no está en peligro inminente, coincide en señalar Abbdel Camargo.

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