Conoce al alcalde que sale a las calles para enfrentar a los pandilleros en El Salvador

Mauricio Arturo Vilanova podría ser un alcalde más. De hecho es un simple representante de un pueblo de 11.000 habitantes de San José Guayabal, en El Salvador, con las tareas propias del cargo y el compromiso de mantener la confianza que los ciudadanos han depositado en él.

Pero su labor en un país que en 2015 registró al menos 6.657 asesinatos no se reduce a eso. Aparte de tomar medidas institucionales, él mismo enfrenta a las pandillas que aterrorizan a esta nación centroamericana.

Se enfrenta a ellos patrullando armado junto a la policía y llevando a cabo programas sociales para evitar que el miedo gobierne, como lo hace en el resto del territorio nacional.

A la extorsión y los asesinatos, este alcalde responde con comunicación y concienciación, los dos pilares que constituyen lo que algunos llaman “método Vilanova”.

“Aquí no nos andamos con cosas”, dice desde su casa, situada en la plaza principal. Con un café y un notebook sobre una de las mesas del jardín, Mauricio Vilanova muestra cómo se consigue mantener la tranquilidad entre tanta intimidación.

“Tenemos registrados a todos los integrantes de las pandillas. Les hacemos una ficha con su nombre, su apodo, su edad y su dirección y luego vamos por ellos”, explica.

Si eso ya es arriesgado en un país que se ha situado como el más peligroso de la región (superando a Honduras y Venezuela, los más próximos en el ranking), él y la Policía Nacional Civil patrullan incesablemente, buscando cualquier hecho delictivo.

Si, por ejemplo, ven a alguien inscribiendo en una pared los nombres de su mara –Salvatrucha o Barrio 18, mayoritariamente- les exigen borrarlo. Una actuación que suele castigarse con la muerte en cualquier lugar de El Salvador.

“No tenemos miedo. Aunque se revuelvan y nos amenacen, los obligamos hasta que el muro esté limpio”, señala mientras se coloca un chaleco antibalas sobre una polera que afirma “El mal existe por la indiferencia de los buenos”. “Cuando borro un grafiti siento que les quito poder territorial y que le doy fuerza a la autoridad”, sentencia.

“En San José del Guayabal no existe el ‘ver, oír y callar’ que domina al país por imposición de las pandillas. Aquí hemos hecho mucho esfuerzo para que el lema sea ‘yo veo, yo denuncio”, expresa orgulloso.

“El concepto no es solo salir a vigilar con la policía. En el tema de la seguridad hace falta comunicación y lenguaje. Lo importante es que la población no se amedrente, que si ve algo lo diga. “Lo mejor de Guayabal es que la gente no se calla. Cuando se tiene voluntad, se golpea”, aclara frente a un cartel que promueve la lucha contra las pandillas gracias a la valentía de acusar a quien pueda poner contra las cuerdas la seguridad. “El problema es si el miedo nos invade. Más del 60% de los jóvenes se quiere marchar.

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Somos un país que exporta exiliados”, se lamenta.

En su auto, con una de sus tres armas propias (el fusil UZI que heredó de su abuelo), Vilanova va oteando los caminos de este municipio del departamento de Cuscatlán. En cada camino o residencia rebaja la velocidad y saluda a los vecinos.

Todos le agradecen lo que ha trabajado para que San José Guayabal sea una especie de oasis en medio de los 21.000 kilómetros cuadrados que abarca el país. María Encarnación Robles, encargada de 74 años del restaurante Pollo Lindo, en la esquina contigua a la catedral, asegura que el alcalde es “un ejemplo para todos” y “alguien muy querido”.

“Gracias a él aquí no pasa nada. A él le debemos un poco la vida”, plantea. Rigoberto Tomasino, vendedor de 58 años, resume su acción en tres oraciones: “Se camina tranquilo. El municipio tiene agallas”.

Además de surcar las calles como un ‘sheriff’ de cine, Vilanova enumera las acciones emprendidas en el plano pedagógico. “En nuestro centro escolar, al que acuden unas 600 personas, organizamos reuniones y apuntamos qué padres no acuden. Desde pequeños intentamos que los alumnos no falten y tratamos de alejarles de las ‘maras’. Hablamos con las familias, preparamos torneos de fútbol o de marcha, deporte en el que El Salvador destaca internacionalmente.

Vilanova protesta por la actitud de algunos de sus compatriotas: “Hay funcionarios que tiran la toalla con la seguridad, que dicen que no es asunto suyo, cuando para mí es el 70% de la agenda”, apunta.

Estas consideraciones le han provocado suspicacias entre otros altos cargos, que evitan darle protagonismo. Según la opinión de sus acompañantes, nadie quiere que su nombre se extienda para, así, impedir que el resto de la población exija a sus alcaldes sigan el ejemplo.

¿Por qué no podrían hacerlo? “Por temor”, indica. Algo que él, a pesar de los mensajes que le llegan al celular pidiendo su cabeza y las intimidaciones que ha sufrido -incluyendo a su mujer y su hija, que en diciembre no pudo asistir a un concurso de baile por precaución- no tiene. Vilanova, de hecho, sigue convencido de que no hay otro camino que el enfrentamiento directo.

A través de la comunicación, de la valentía de la gente, de lograr una red ciudadana consciente y, por qué no, de la lucha cara a cara. “Ando armado, porque el día que me revienten los voy a reventar yo también a ellos”, concluye

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