El aguacate se pone de moda en el mundo pero golpea a la ecología

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Últimamente la demanda de aguacates no para de crecer. Una buena noticia para los productores, pensarán los más optimistas o los defensores de ese libre mercado que no quiere ver más allá. Pues no.

El asunto es muy sencillo: se necesitan 2.000 litros de agua para producir un kilo de aguacates. Una cifra que –según explica The Guardian citando datos de Water Footprint Network- es cuatro veces lo que necesitan las naranjas y 10 veces los tomates. 

Si se combinan esas necesidades hídricas con una zona seca es fácil adivinar las consecuencias: hay agua para las rentables plantaciones de aguacates, pero no para la población de esta provincia que ve como muchos productores se apropian de forma ilegal del agua de ríos y acuíferos naturales.

“Una hectárea de aguacates necesita el mismo agua cada día que lo que consumirían 1.000 personas”, denuncian las asociaciones locales.

¿Y qué dicen los importadores y las principales cadenas de supermercados ingleses que venden estos aguacates? Que los suyos llevan sellos de certificación sobre las buenas condiciones en las que se realiza la producción y que, en todo caso, investigarán la situación.

Un clásico que se repite con muchos otros productos (café, cacao…) y que no invita a ser muy optimistas sobre el efecto real que puede tener. A no ser, claro, que exista una presión real por parte de los consumidores y el tema salte a los titulares.

De momento, quienes no quieran renunciar a esta rica y fotogénica fruta harían bien en apostar por la producción local o lo más cercana posible. La Axarquía (Málaga) se ha convertido en el principal productor europeo de frutas subtropicales, incluidos los aguacates, con unas cifras que tampoco paran de crecer, con una previsión de 50.000 toneladas en la última temporada y precios al alza.

Aunque, evidentemente, el consumo de aguacate sigue ahí -por suerte la sombra de la sequía que amenaza la zona y todo el país parece haber remitido-, al menos en este caso no sumaremos la huella de carbono que supone traer aguacates de la otra punta del mundo. Incluyendo, por cierto, los ecológicos.