En México la muerte es una fiesta

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Aquí la muerte pesa tanto que, una vez al año, toca hacerla más leve y convertirla en una fiesta agridulce de calaveritas de azúcar, tequila y flor de cempoalxóchitl.

En México, cada 2 de noviembre, a la parca se “la adula, la festeja, la cultiva, se abraza a ella” —escribe Octavio Paz—, en una celebración sincrética llena de colores y papel picado. Los vivos hacen una pausa para darle la bienvenida transitoria y placentera a los suyos bajo tierra.

“Cuando nos morimos, nos desarmamos, regresamos a la esencia primigenia. Eso para nosotros es trascender, pero si no haces el trabajo de tomar conciencia de tu finitud, se te olvida y luego la muerte se hace dura, duele más”, explica Atetzka.

El 31 de octubre de cada año, ella arma junto a sus hijos y amigos un altar a sus ancestros en el patio de su casa, como ocho de cada diez mexicanos. La diferencia es que su rito es de la tradición Tezcatlipoca (el señor de la vida y de la muerte para los mexicas), una ceremonia prehispánica que la fascinó desde que le dijeron que después de morir, de sus restos podía nacer un árbol o reencarnar un pájaro: “Eso acalló mi angustia existencial, me fascinó. Desde entonces dije, ‘ok, ¡qué viva la muerte!”. Y atruena una carcajada.