La estremecedora carta de una madre: “Mi hija de 7 años se quiere suicidar”

Silvia, una madre española que prefiere no revelar su identidad completa, relató el drama que vive en su familia. Su pequeña quiso tirarse por la ventana de clase. Tardó en contar por qué: otra niña la agredía. Según detalló El Mundo, la familia emigró a Irlanda, pero allí las pesadillas siguen torturándola “cada noche”.

La carta de Silvia:

Sólo tiene siete años y una idea recurrente en su cabeza, una idea que la está consumiendo, hundiendo en un mar de angustia. Y con ella a toda la familia. Sólo tiene siete años y me pide desgarrada auxilio porque no quiere hacerlo, no quiere irse y no sabe si la próxima vez podrá volver a evitarlo. No puede soportar esta vida de sufrimiento…

(…)

Todo empieza hace un año, cuando mi hija, la segunda de cuatro hermanos, cursaba 2.º de primaria. Antes de navidades comienza con crisis de ansiedad: aprieta los labios, cierra los ojos y llora pidiendo ayuda. Aparentemente no hay un motivo para su sufrimiento. Su padre y yo lo achacamos a su excesiva sensibilidad, a su madurez precoz. Una psicóloga le diagnostica depresión con ideas persistentes de suicidio. La psicóloga ve conveniente alertar al colegio. Así lo hacemos.

El colegio nos dice que todo el personal estará pendiente de ella. Pero una noche de enero, mi hija me confiesa que en clase, después de comer, se ha subido a una silla, ha abierto la ventana y ha dado un paso más en su cabeza. Me dice:

Pensé en tirarme por la ventana.

Por suerte apareció una compañera y no lo hizo. Entre lágrimas me pide que la ayude a evitarlo. No sabe lo que pasará la próxima vez.

(…)

Yo siempre la consuelo, le digo que estoy allí para que no lo haga. Pero sé que no es verdad, estoy aterrorizada. Cada vez que la pierdo de vista subo corriendo a su habitación, con el corazón en un puño, esperando encontrarme la ventana cerrada… Muchas veces la encuentro llorando, agazapada en una esquinita, bajo una mesa o una cama. De vez en cuando le veo moratones en las piernas. Cuando le pregunto, no sabe cómo se los ha hecho.

Observo que en clase este año no se integra, que se mantiene junto a las niñas pero no interactúa. Me dice que se siente sola, que no quieren jugar con ella. Pensamos que la depresión puede ser la causa de este aislamiento y le insistimos en que siempre sonría. Ella se viste cada día con su sonrisa de mentira pero su mirada no nos engaña. Esa mirada cargada de tristeza, de agonía. Y sólo tiene siete años…

Hasta el verano no supimos qué es lo que le causaba tanto dolor.

A finales de junio, nos vamos toda la familia a Irlanda. Otra gente, otro idioma, otro paisaje… y la niña sonríe por primera vez de verdad en un año. Entonces empieza a llorar amargamente. Entre sollozos conocemos el motivo de ese sufrimiento que la había llevado a pensar en la ventana como única salida. El motivo tiene nombre y apellidos.

Nos cuenta que desde que entró en el colegio hace dos años pero sobre todo en el último, una compañera la ha insultado, pegado, humillado y aislado del resto con amenazas y coacciones, a ella y a las demás. Ha hecho tan bien su trabajo que al final del curso nadie quiere saber nada de nuestra hija. Está destrozada, tiene el corazón roto. Incluso las continuas agresiones se quedan para ella en un segundo plano.

Lo peor son las mofas de todo el grupo, cómo huían de ella en el patio, cómo le decían “tú no puedes jugar con nosotras”, cómo le quitaban la comida en el comedor. Cómo la acosadora la perseguía cuando salía de clase para ir al baño insultándola y amenazándola. Cómo se ocupaba de que el resto de las niñas jugaran delante del banquito en el que mi hija pasaba los recreos aislada para restregarle que ella no podía jugar. Cómo la obligaba a ir la última de la fila, llegando a empujarla por las escaleras un día que un profesor la puso la primera, harto de verla siempre la última…

La llamaba “tonta”, “niña rara”. Le decía “nunca vas a tener amigos”, “te odio”, “ojalá te mueras”, “vete del colegio”. Le otorgaba el papel de “niña invisible”. La llamaba “rompeceras”: nuestra hija, debido a la tensión y el miedo acumulados, rompía las ceras cuando las usaba. Así que nadie del grupo le prestaba ceras y le tiraban las suyas para reírse de ella. Aún hoy nos sorprende con anécdotas crueles.

Esta lista la escribió la pequeña víctima de bullying. Así se sentía por todo el acoso que sufría

Esta lista la escribió la pequeña víctima de bullying. Así se sentía por todo el acoso que sufría

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Me pregunto cómo puede el corazón de una madre digerir todo esto. ¿Qué tuvo que sentir mi hija cuando iba por las escaleras y alguien la empujó? ¿Cuando la perseguía hasta el baño sin parar de insultarla? ¿Cuando le quitaba la comida, se la echaba al resto de compañeras y las demás le seguían el juego? ¿Cuando hacían un grupo entre todas las niñas de la clase y ella era la única excluida? ¿Cuando la oía decirle al resto de las niñas que no se acercaran a ella? ¿Cuando mandaba notas amenazadoras en clase a quien se atrevía a jugar con mi hija? ¿Cuando la amenazaba haciendo con el dedo índice el gesto de cortarle el cuello?

¿Y cuando fue a coger unas pinturas y la acosadora la empujó y le clavó la esquina del pupitre en la boca? Ese día sí sé lo que sintió: se subió a una silla y abrió la ventana.

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Como madre me es imposible soportar que mi hija de siete años “haya preferido estar muerta que vivir esta vida de sufrimiento durante un año” -literalmente-, que su deseo sea “poder ser una niña normal, poder ir al colegio sin miedo”. ¿Cómo le curo el alma?

Se acaba el verano, llega el momento de volver a España y nuestra hija se niega en rotundo, quiere quedarse en Irlanda, donde la gente es buena. No quiere ni oír de regresar a su colegio. Le prometo que no volverá a compartir aula con su maltratadora: el protocolo contra el acoso escolar [de la Junta de Andalucía] nos ampara. ¡Qué ilusa soy!

Nada más llegar pedimos ayuda a las madres de algunas niñas, que nos confirman que sus hijas señalan a la acosadora como única responsable de este rechazo. Comunicamos al colegio la situación. El colegio nos promete mirar por el bienestar de la niña y nosotros creemos en su palabra. Nos proponen que vaya incorporándose a las clases gradualmente. La niña al principio se niega, pero la convencemos.

No puedo ni imaginarme que tengo delante los dos peores meses de mi vida.

La directora empieza no recibiéndonos. Nos dice que no puede cambiar a ningún alumno de grupo, que siente mucho lo ocurrido y que no volverá a pasar. Nos dicen que ya han avisado a la inspección, pero cuando llamamos al inspector descubrimos que es mentira. Y el inspector nos avisa que en un colegio privado no tiene competencias. Aun así, les pide que abran un expediente y supuestamente lo hacen, pero, de facto, no significa nada.

El supuesto expediente se tergiversa y manipula: se esconden testimonios que apoyan nuestra versión y se da prioridad al de la tutora, que no sólo fue una incompetente cuando ocurrieron los hechos por no percibir lo que estaba pasando ante sus ojos -su excusa fue que “son cosas de niños”-, sino que ahora aumenta nuestro sufrimiento al negarlo todo y difamar a mi hija, ignorando los informes de hasta dos psicólogos y otros dos psiquiatras que coinciden en que es una niña sana mentalmente que sufre una depresión por el acoso sufrido.

Mientras, mi hija empieza el curso acudiendo horas sueltas. Sigue sola en los recreos: salvo los dos primeros días, nadie se molesta en que se integre. Acude a las clases muerta de pánico, porque no puede creer que la acosadora se resista a hacerle algo malo durante mucho tiempo.

(…)

El 3 de octubre fue su último día. Entra en la clase vacía a recoger su mochila y revive las humillaciones. Dice basta. Ha tocado fondo y ya no puede más. Vuelve a pensar en la ventana como única salida y la psicóloga nos dice que no regrese: ya no hay solución. A partir de ahí no puede ver el uniforme, no puede escuchar las canciones que aprendió en el colegio, no puede ver nada que tenga relación con el colegio sin que le dé una crisis de ansiedad.

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