Un niño de trece años viola a otro de cinco

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Juan -nombre ficticio- tiene cinco años. Y lo acaba de violar otro niño. Luis -nombre ficticio también- de trece años. Todo ocurrió muy rápido, y para cuando los adultos se dieron cuenta, ya era demasiado tarde. En un despiste de todos, se lo llevó a otra habitación y abusó sexualmente del pequeño.

Me lo contaba entre lágrimas una amiga. Cómo su primer impulso fue pegarle una paliza al violador. Pero cómo, tras hablar con él, terminó compadeciéndose del chico. A sus trece años vive tutelado en un centro de menores, porque su padre lo violaba desde que era muy pequeño. Así que el chaval repitió lo que le hacían en casa. Lo que vivía. Lo que veía. La forma de expresar la sexualidad que le habían enseñado -de manera terriblemente violenta- en su casa.

Luis es un niño roto para siempre. Es muy difícil que pueda reprimir ese instinto de violar a chicos más pequeños.

Y ojalá Juan olvide.

Los niños son víctimas constantes de la violencia. Física, sexual y psicológica. En cualquier lugar. También aquí, en el primer mundo. También aquí, en España.

UNICEF acaba de poner en marcha una campaña, #EndViolence, protagonizada por David Beckham, para concienciarnos de la magnitud del problema.

¿Se atreverían a intentar adivinar cuántos niños son asesinados al año por sus familiares o por personas de su entorno?

La cifra asusta. Muchísimo. La cifra de niños que mueren a causa de los maltratos y las palizas que les propinan en casa. O por el acoso en la escuela. O por agresiones sexuales de familiares o vecinos. Un niño es asesinado cada cinco minutos por personas de su entorno. 41.000 al año. Y es una cifra a la baja. Imposible contabilizar todas los asesinatos -sobre todo en el tercer mundo- que pasan por accidentes.

Y no son sólo niños que sufren. Niños que mueren. Son potenciales adultos maltratadores. Como en el caso de Luis.