Un nuevo estudio publicado en JAMA Psychiatry demuestra que la tasa de consumo de alcohol aumentó un 49 por ciento en la primera década de los años 2000. Eso significa que uno de cada ocho adultos estadounidenses -el 12.7 por ciento de la población- cumple ahora con los criterios que se diagnostican en el trastorno por alcoholismo.

Los autores del estudio señalan que estos hallazgos son graves y que se han pasado por alto en la salud pública. En ese sentido, explican que el alcoholismo es un factor clave de mortalidad: “hipertensión, enfermedades cardiovasculares, accidentes cerebrovasculares, cirrosis hepática, cáncer, pancreatitis, diabetes tipo 2 y otras lesiones“.

De hecho, los resultados del estudio se refuerzan con el hecho de que las muertes por una serie de estas condiciones, en particular la cirrosis relacionada con el alcohol y la hipertensión, han aumentado durante el período del estudio. El CDC estima que 88,000 personas mueren al año por causas relacionadas con el alcohol, más del doble del número anual de muertes por sobredosis de opiáceos.

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¿Cómo juzgaron los autores del estudio a los que se podían considerar como “un alcohólico”?

Los datos del estudio proceden de la Encuesta Epidemiológica Nacional sobre el Alcohol y las Condiciones Relacionadas (NESARC por sus siglas en inglés), una encuesta representativa a nivel nacional y administrada por los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos. Se consideró que los encuestados tenían trastorno por consumo de alcohol si cumplían con los criterios ampliamente utilizados en el abuso o la dependencia de esa substancia.
Para un diagnóstico de ese tipo, una persona debe haber exhibido al menos una de las siguientes características a lo largo del año pasado.

El uso recurrente del alcohol como resultado del incumplimiento de las obligaciones en el trabajo, la escuela o el hogar (por ejemplo, ausencias repetidas o mal desempeño laboral relacionado con el consumo de alcohol, ausencias relacionadas con el alcohol, suspensos o expulsiones de la escuela…)

Uso recurrente del alcohol en situaciones en las que es físicamente peligroso (por ejemplo manejar un automóvil)

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Problemas legales relacionados con el alcohol (por ejemplo arrestos por conducta desordenada relacionada con el alcohol)

Continuar el consumo de alcohol a pesar de tener problemas sociales o interpersonales persistentes o recurrentes causados o exacerbados por los efectos del alcohol (por ejemplo, discusiones con el cónyuge sobre las consecuencias de la intoxicación).

Para un diagnóstico de alcohol dependiente, un individuo debe experimentar, por lo menos tres de los siete síntomas:

Necesidad de cantidades aumentadas de alcohol para lograr la intoxicación o el efecto deseado. O un efecto disminuido con el uso continuado de la misma cantidad de alcohol.

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El síndrome de abstinencia característico del alcohol.

Beber en cantidades mayores o durante un período más largo de lo provisto.

Deseo persistente para reducir o controlar el consumo de alcohol.

Actividades sociales o recreativas que se ven reducidas por culpa de la bebida.

Gran cantidad de tiempo dedicado a recuperarse de los efectos de la bebida.

Seguir bebiendo a pesar de ser consciente que un problema físico o psicológico persistente es probable que sea causado o exacerbado por el consumo de alcohol.

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El cumplimiento de cualquiera de estos criterios llevaría a cualquier experto médico a afirmar que esa persona tiene un trastorno por el consumo de alcohol.

El estudio encontró que las tasas de alcoholismo fueron más altas entre los hombres (16.7 por ciento), los nativos estadounidenses (16.6 por ciento), las personas por debajo del umbral de la pobreza (14.3 por ciento) y las personas que viven en el medio oeste (14.8 por ciento).

Sorprendentemente, casi 1 de cada 4 adultos menores de 30 años (23.4 por ciento) cumplió con los criterios para diagnosticar el alcoholismo.

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